Cambio Climático

Melissa: el nuevo rostro del riesgo climático en el Caribe

Melissa sigue siendo una amenaza directa e indirecta que exige acción urgente. Foto: Danny Polanco

La tormenta tropical Melissa, ahora convertida en un raro huracán, es más que un fenómeno meteorológico peculiar. Su comportamiento errático, el desplazamiento lento y su estructura desorganizada son un ejemplo paradigmático de los nuevos patrones de comportamiento de los ciclones tropicales en la era del cambio climático.

Para República Dominicana y Haití, países vecinos con realidades contrastantes, pero vulnerabilidades compartidas, Melissa fue y es una amenaza directa e indirecta que exige acción urgente.

Melissa se mueve a una velocidad de entre 2 y 11 km/h, lo que la convierte en una tormenta de traslación lenta. Esta característica, lejos de ser anecdótica, tiene implicaciones graves: cuanto más tiempo permanece un sistema sobre una región, mayor es la acumulación de lluvias, el riesgo de inundaciones y la saturación de los suelos.

 

En República Dominicana, los efectos van más allá de los que vemos en la Capital, por ejemplo, cerca de un millón de personas sin acceso a agua potable debido a la salida de operación de 56 acueductos que han sido afectados por las lluvias.

El enorme campo nuboso de Melissa, que cubre gran parte del territorio dominicano, también presenta una estructura amplia y desorganizada. Esto ha generado lluvias intensas, tormentas eléctricas y ráfagas de viento desde el miércoles.

¿Patrón emergente?

La ciencia climática confirma que este tipo de tormentas lentas y erráticas se está volviendo más común. Estudios recientes de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) señalan, cada vez con más precisión, que el calentamiento global está alterando los patrones de viento en altura, lo que reduce la velocidad de traslación de los ciclones tropicales.

 

Además, las temperaturas oceánicas más cálidas proporcionan más energía a los ciclones, favoreciendo tormentas más intensas y desorganizadas en sus fases iniciales.

En años recientes, el Caribe ha sido testigo de huracanes devastadores como Harvey (2017) y Dorian (2019), ambos caracterizados por su lentitud y capacidad destructiva. Melissa se inscribe en esta tendencia, y su evolución podría marcar un punto de inflexión en la forma en que se entienden y gestionan los riesgos climáticos en la región.

También hemos visto tormentas como Isaías y Laura que en 2020 afectaron al país y tuvieron una estructura desordenada, como Melissa.

Riesgos Directos

Los efectos de Melissa en República Dominicana son múltiples y graves:

Las Inundaciones urbanas y rurales en provincias como Barahona, Peravia, Monte Plata y el Distrito Nacional son la constante cuando se registran lluvias torrenciales, y en esta oportunidad han sido la excepción.

Otro riesgo latente son los deslizamientos de tierra en zonas montañosas, exacerbados por el desbordamiento de ríos en las cuencas altas y medias de las cordilleras.

 

Evidentemente, las Interrupciones eléctricas han estado a la orden del día y aunque no se ha registrado el colapso de infraestructuras públicas hasta el momento, las autoridades se mantienen vigilantes para evitar nuevas tragedias por caída de puentes u otras edificaciones.

Por ello, la decisión del Gobierno de suspender la docencia y la jornada laboral en las provincias bajo alerta roja, mientras brigadas de Obras Públicas trabajan en la limpieza de drenajes y túneles, ha sido clave para transmitir a la población el mensaje correcto acerca de la gravedad del peligro.

Haití

Melissa ha dejado víctimas mortales en Haití, donde las lluvias también están causando inundaciones, deslizamientos de tierra y pérdidas en el sector agropecuario. La Dirección de Protección Civil informó que comunidades enteras podrían quedar aisladas por daños en carreteras y edificios.

 

La situación se agrava por el contexto sociopolítico del vecino país, que vive una crisis multidimensional marcada por la violencia de bandas armadas, desplazamientos masivos y precariedad sanitaria. Más de 1.4 millones de personas viven en campamentos improvisados, lo que dificulta cualquier respuesta efectiva ante desastres naturales y, por el contrario, hace más vulnerables a miles, tal vez cientos de miles de personas.

Aunque es evidente, siempre hay que recalcar que ser vecinos de Haití implica riesgos indirectos que no pueden ser ignorados por la República Dominicana.

El primer pensamiento que llega a la mente del dominicano promedio es el temor de que los desplazamientos internos en Haití se transformen en flujos transfronterizos hacia República Dominicana, presionando los servicios públicos y generando tensiones sociales.

Pero el riesgo en mayor si tenemos en cuenta, por ejemplo, que la falta de infraestructura en Haití siempre ha convertido a la República Dominicana en el punto de apoyo logístico para la asistencia internacional, con implicaciones económicas y diplomáticas.

Pero en lo que más importa, que es la salud, debemos considerar que las condiciones sanitarias precarias en los campamentos haitianos aumentan el riesgo de brotes de enfermedades que podrían cruzar la frontera, máxime cuando las copiosas lluvias e inundaciones suelen catalizar la aparición de enfermedades como el dengue y la leptospirosis.

Es por estas razones, entre muchas otras, que los especialistas no dejan de señalar que la vulnerabilidad climática de República Dominicana y Haití es compartida y, por tanto, más seria que la de cualquier otro Estado Insular en Desarrollo.

¿Qué hacer?

La tormenta Melissa debe ser vista como una advertencia. No es suficiente con activar protocolos de emergencia cada vez que se aproxima un ciclón. Se requiere una reforma estructural en la gestión del riesgo climático, que incluya:

  • Fortalecimiento de la infraestructura hídrica y eléctrica, porque resulta fundamental contar con energía eléctrica y agua potable en casos de crisis.
  • Inversión en ciencia meteorológica, es decir, fortalecer la red de estaciones meteorológicas, la capacidad de monitorearlas e integrarlas en una red única que apuntale la toma de decisión de las autoridades.
  • Inversión pública en el desarrollo de modelos predictivos adaptados a la realidad geográfica local y a los nuevos patrones tecnológicos globales.
  • Más inversión pública en los cuerpos de socorro y rescate, especialmente los cuerpos de bomberos, tan carentes de equipos para la protección de las comunidades más vulnerables.
  • Inversión para fortalecer la gobernanza climática nacional y atraer más cooperación internacional para la adaptación nacional a los efectos del cambio climático.
  • Planes binacionales de contingencia entre República Dominicana y Haití, por cuesta arriba que parezca, es una necesidad.
  • Educación climática y comunitaria para fomentar la resiliencia y la organización local como respuesta a posibles emergencias.

Además, es urgente que los medios de comunicación y los periodistas adoptemos un enfoque más profundo y colaborativo en la cobertura de estos fenómenos, vinculando los eventos meteorológicos con el cambio climático y sus implicaciones políticas, económicas y geopolíticas.

Porque, aunque suene repetitivo, Melissa no es solo una tormenta, es un síntoma de un patrón climático en transformación, que no distingue las fronteras y desafía los modelos de desarrollo y las respuestas tradicionales.

Para República Dominicana, es una oportunidad, dolorosa pero necesaria, para repensar la relación de nuestra sociedad con el clima, la región en la que estamos ubicados y el futuro que nos aguarda.

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