El mar Caribe es un archipiélago de diversidad geopolítica, en él conviven el colonial Puerto Rico y la rebelde y castigada Cuba, con una República Dominicana en constante crecimiento económico pero inmersa en la zona de influencia estadounidense.
También sobreviven los territorios de ultramar de potencias medias europeas, Francia, Países Bajos y Reino Unido, islas que adquieren un valor geopolítico renovado y que viven a merced de un nuevo impulso de Washington por controlar todos los territorios cercanos a sus fronteras y costas.
Y no es poca cosa, porque islas como Aruba, Bonaire y Curazao (Países Bajos) son muy cercanas a la Venezuela que la administración Trump dice controlar y desde las cuales podría aspirar a establecer nodos logísticos, militares y de control marítimo.
Lo mismo aplica para Islas Caimán, y Turcos y Caicos, posesiones de Reino Unido muy cercanas a Cuba que podrían ser militar y logísticamente importantes para una posible acción directa sobre la Antilla Mayor.
Las posesiones de Francia en el Caribe, Guadalupe, Martinica y San Martin, se encuentran en el arco oriental de las Antillas Menores, al norte de Trinidad y Tobago, desde donde se puede ejercer control de seguridad sobre las rutas comerciales del área y que podrían ser, en el nuevo escenario global que intenta construir la Casa Blanca, nuevos puntos de fricción entre los intereses estadounidenses y europeos, como está ocurriendo con Groenlandia.