Mientras Estados Unidos intenta poner fin a una guerra cada vez más impopular y menos favorable para sus intereses en Medio Oriente, postergando una y otra vez los anunciados ataques para destruir la infraestructura civil iraní, nada parece indicar que Teherán tenga intención de permitir que se normalice el flujo de embarcaciones a través del estrecho de Ormuz.
De hecho, muchos analistas creen que se reabrirá hacia a mediados del segundo trimestre (mayo), pero la esperanza de que la producción petrolera se recupere pronto es cada vez más lejana, dada la destrucción que está dejando el conflicto en complejos industriales, refinerías, almacenes y estaciones de transferencia de gas y petróleo.
Bajo ese supuesto, el crudo podría estabilizarse por encima de los 70 u 80 dólares por barril hacia finales de 2026. Pero incluso si el precio baja, el efecto en los combustibles locales tarda semanas en materializarse, por ello, los economistas descartan por los próximos meses un retorno a los niveles previos a la guerra.
De hecho, JP Morgan ha lanzado una advertencia que explica la actitud “conciliadora”, pese a las amenazas, del presidente Trump, y es que las restricciones al suministro se agravarán en abril, cuando lleguen a puerto los últimos cargamentos de petróleo y gas despachados en febrero, antes del conflicto, por lo que el crudo podría llegar a 150 dólares por barril si el cierre de Ormuz se extiende hasta mayo.
Mientras que John Paisie, presidente de la firma consultora económica Stratas Advisors, va más allá y apunta que si el estrecho permanece cerrado otro mes sin señales de solución, el Brent podría acercarse a los 190 dólares por barril.
Por tanto, esta es una crisis imposible de ignorar y que menos aún se debe subestimar, pues los más vulnerables son siempre los países importadores sin reservas estratégicas enormes República Dominicana está en ese grupo.
La lección es la misma que lleva años pendiente y en la que hemos insistido muchas veces: hace mucho que la transición hacia energías limpias es mucho más que una responsabilidad ambiental, es un imperativo de seguridad nacional. Al igual que ocurrió en 2022 con la guerra en Ucrania, un conflicto a miles de kilómetros de nuestro suelo nos impacta y genera costos económicos, políticos y sociales cada vez más altos.