A lo largo de la historia, los grandes cambios del orden internacional —y del orden intercivilizatorio previo a los Estados nacionales— rara vez han ocurrido por vías pacíficas. De hecho, casi siempre son precedidos por el desgaste prolongado de la potencia dominante, el ascenso de actores insatisfechos con las reglas vigentes y la incapacidad del sistema para reformarse.
La Primera Guerra Mundial es el ejemplo más claro: una ruptura sistémica violenta que sustituyó la posibilidad de una transición ordenada. Más de un siglo después, el panorama global vuelve a mostrar síntomas inquietantemente similares.El repliegue estratégico de Estados Unidos hacia su espacio vital, tal como expresa la doctrina de seguridad de la administración Trump, y el ascenso de los BRICS como bloque revisionista, revelan que el orden global surgido tras 1945 atraviesa una fractura estructural. Washington insiste en que no desea volver a liderar el sistema global, y el resto del mundo toma nota de ello.
Aunque los BRICS no constituyen un bloque homogéneo ni una alianza militar, sí representan el núcleo de potencias ascendentes que cuestionan los pilares del orden vigente. Su agenda revisionista apunta a tres elementos
La centralidad del dólar,
La arquitectura financiera de Bretton Woods
Y la primacía normativa de Occidente en comercio, seguridad y gobernanza.
China impulsa el bloque, Rusia actúa como fuerza disruptiva e India y Brasil buscan ampliar su autonomía estratégica. Ninguno pretende destruir el sistema internacional, sino reescribir reglas que consideran incongruentes con la correlación de poder actual. La rigidez institucional del orden liberal recuerda, en cierto modo, la incapacidad de integración que experimentaron Alemania y Japón antes de 1914.
Estados Unidos en repliegue
Expertos señalan que EE.UU. no está en proceso de colapso, como sí ocurrió a imperios históricos debilitados por la sobreextensión, pero vive un desgaste prolongado, tensiones internas y competencia tecnológica creciente. El resultado es un repliegue hacia su zona vital: el hemisferio occidental y no una retirada aislacionista, sino una concentración deliberada del poder.
Washington busca reforzar su presencia militar en Centroamérica y el Caribe —su Mare Nostrum contemporáneo— y convertir a América del Norte, incluidas Canadá y Groenlandia, en su espacio “amurallado”.
Esta reconfiguración impacta en una región que vuelve a adquirir gran valor geopolítico. El Caribe, con su mezcla de territorios insulares, Estados dependientes y enclaves europeos, se transformaría entonces en zona de fricción entre potencias.
Brasil y Canadá ante la fractura global
Brasil continúa su ascenso como actor ambiguo: miembro de los BRICS pero dependiente del comercio occidental. En un escenario de ruptura del orden global podría convertirse en una bisagra entre bloques y aprovechar la concentración estadounidense en su hemisferio para ampliar su liderazgo. Pero esa ambición choca con los intereses estratégicos de Washington en Sudamérica, donde los recursos críticos —petróleo, litio, cobre, coltán— elevan la disputa por la influencia.
Canadá enfrenta un dilema distinto. Su seguridad y economía dependen profundamente de EE.UU., pero el repliegue estadounidense le obliga a asumir nuevas responsabilidades y diversificar su posicionamiento, como muestra, su acercamiento comercial a China.