Durante más de tres décadas, el equilibrio estratégico de Medio Oriente ha descansado sobre la premisa de que la presencia militar y política de Estados Unidos garantiza la seguridad de sus aliados y sostiene el orden y el equilibrio regional.
Desde el final de la Guerra Fría, a inicios de la década de 1990, Washington ha mantenido bases militares, alianzas de seguridad y una presencia naval permanente que le ha permitido actuar como árbitro disuasor y como actor militar directo en la región cuando lo ha considerado necesario, más allá de los excesos de Irak, Libia y Siria.
Sin embargo, el actual conflicto iniciado hace ya tres semanas junto a Israel y contra Irán, podría producir un resultado odioso para los tres países y sus vecinos, si se materializan los pronósticos y advertencias de quienes veíamos como contraproducente esta conflagración.
Porque es posible que esta guerra finalice sin vencedor claro y termine debilitando a todos los involucrados, acelerando el repliegue estratégico de Washington que ya se observa en la política global, más por obligación que por decisión propia.
En el escenario actual de la guerra, el resultado que muchos especialistas avizoran no sería la derrota absoluta de Irán, tampoco la de Israel y menos aún la de Estados Unidos, pero si es posible que, tras el conflicto, veamos un Medio Oriente sin hegemón regional claro y con un equilibrio surgido del debilitamiento de los aspirantes a serlo.
Porque como advertí en mi artículo titulado “El Mundo ante un Cambio de Orden”, publicado recientemente, todo parecía indicar que el Estado de Israel sería quien asumiría el rol dominante en la región si lograba estabilizar sus acciones militares en Gaza y Cisjordania, en el Líbano y si avanzaban los acuerdos Abrahámicos con los reinos árabes del Golfo Pérsico.
Y aunque plan parece perfecto para Estados Unidos y Europa Occidental, esta guerra podría llevarlo todo al despeñadero, y decirlo no es estar a favor ni en contra de ello, es atreverse a ver lo que puede suceder en el futuro.