Mientras Irán y Estados Unidos miden sus posturas y negocian sus ventajas, la región de Medio Oriente observa con expectativa y preocupación.
Israel, el más firme opositor al programa nuclear iraní que intenta mantener una ventaja militar estratégica sobre Teherán, ha reiterado que no tolerará un Irán con capacidades nucleares militares.
El gobierno de Benjamín Netanyahu ha intensificado sus ejercicios militares conjuntos con EE.UU. y ha hecho públicas sus capacidades para atacar instalaciones nucleares iraníes si lo considera necesario, tensando la cuerda con la administración Trump que ha insistido en que esto sería contraproducente.
Es que esas amenazas del gobierno israelí son las que alimentan la desconfianza iraní en las conversaciones con EE.UU., pues el gobierno persa es consciente de la necesidad que tiene de ser militarmente competitivo frente a Tel-Aviv, al que Washington sigue dando apoyo militar, económico y diplomático incondicional.
Por su parte, Arabia Saudita, que ha mejorado la relación con Teherán desde el acuerdo de normalización facilitado por China en 2023, mantiene una postura ambivalente: desea una solución diplomática que reduzca tensiones, pero también ha comenzado a desarrollar capacidades nucleares civiles con ayuda china y paquistaní, lo que algunos analistas interpretan como una carrera tecnológica de disuasión regional.
Aunque en realidad, se trata del plan de desarrollo económico de los países del Golfo, al que Riyadh se viene sumando en los últimos años con desafíos como la construcción de urbanismos sostenibles en zonas desérticas y otros megaproyectos.