Este miércoles, como cada año, el Día de la Tierra nos ofrece una oportunidad para reflexionar sobre nuestra relación con el planeta, una reflexión que, en el contexto actual, ya no puede ser simbólica ni superficial, sino que exige profundidad, conciencia y, sobre todo, acción.
Sobre este punto, hay una idea que ha cobrado fuerza en los últimos años y, especialmente, en las últimas semanas, a partir de los testimonios de los astronautas que han observado la Tierra desde el espacio. Muchos de ellos coinciden en una misma experiencia: al mirar nuestro planeta desde fuera, desaparecen las fronteras, las diferencias y los conflictos que dominan nuestra vida cotidiana y lo que miran es una esfera azul en la que todo está interconectado, pero que es frágil y está sola, consigo misma, suspendida en la inmensidad del espacio.
Esa experiencia, conocida como el Overview Effect, no es solo una curiosidad científica o emocional. Es, en realidad, una revelación profundamente política y civilizatoria que debería obligarnos a replantear la forma en que concebimos el mundo, el desarrollo y nuestra propia existencia como sociedad, como nación y como especie.
Porque lo que esa mirada externa nos recuerda, con una claridad difícil de ignorar, es que la humanidad no sólo está interconectada más allá de las fronteras terrestres y marítimas, sino que estamos unidos a ese frágil y solitario planeta Tierra.
Formamos parte del ecosistema terrestre y todo lo que afecta a la Tierra, inevitablemente, nos afecta a nosotros. Y la contradicción es obvia, porque parece que todas nuestras decisiones colectivas están construidas sobre la premisa opuesta y como humanidad actuamos como si nuestras economías no dependieran de los ecosistemas, como si los recursos naturales fueran infinitos y los impactos de nuestras acciones se perdieran en el espacio infinito.
El cambio climático es, quizás, la expresión más clara de esta contradicción, especialmente cuando el mundo ya roza de manera permanente el umbral del 1,5°C por encima de las temperaturas de la era preindustrial. De hecho, la Organización Meteorológica Mundial confirmó a inicios de este año que el 2025 extendió a 11 años consecutivos la racha de “año más caliente de los que se tiene registro.
Este no es un fenómeno aislado ni un problema exclusivamente ambiental, como puede ser la contaminación de las aguas o del aire, por ejemplo, es el resultado acumulado de un modelo de desarrollo que ha ignorado, sistemáticamente, los límites del planeta aun habiendo hecho conciencia científica, económica y social de la gravedad de la crisis.
Una crisis de consecuencias múltiples, diversas y con efecto cascada como los eventos hidrometeorológicos extremos que son cada vez más frecuentes e impredecibles; las crisis hídricas que generan inseguridad alimentaria y amenazan con causar migraciones en decenas de naciones, incluida la República Dominicana.
No está de más señalar los efectos e impactos directos sobre la salud y la calidad de vida de millones de personas, que podrían ver el surgimiento de nuevas pandemias, la llegada de enfermedades transmitidas por vectores que hasta ahora no han tenido que afrontar (dengue y otras).
En países como la República Dominicana, esta realidad no es una proyección futura. Es una experiencia presente que nos la recuerda cada vaguada, cada aguacero intenso, cada temporada ciclónica, y cada depresión tropical que se pasea por nuestros cielos en cualquier época del año.
Lluvias repentinas e intensas; ríos y lagos bajo presión por explotación y contaminación; playas vulnerables a la erosión y expuestas al sargazo; y cientos de comunidades rurales enteras expuestas a riesgos climáticos agravados por un cambio climático que ya es parte de nuestra cotidianidad.
En este contexto, abordar el cambio climático como un desafío sectorial o puramente técnico es un error que tiende a dejar cuera de la conversación asuntos vitales como la forma en que organizamos nuestras sociedades; la planificación de nuestros campos y ciudades; cómo producimos alimentos, bienes y servicios; cómo consumimos y el impacto económico y ambiental de ese consumo; y por supuesto, cómo entendemos el desarrollo.
La adaptación al cambio climático, por tanto, debe seguir integrándose en todos los niveles de toma de decisiones, desde la planificación territorial hasta los sistemas de salud, la infraestructura, la agricultura y la gestión del agua para anticipar y reducir los impactos climáticos a nuestra vulnerabilidad.
Crisis en datos
Muy por encima de las creencias y los mitos, del escepticismo y la incredulidad, están los datos, las cifras y las evidencias.
Según datos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés), agencia científica de Estados Unidos, la región del Ártico se está calentando más rápido que el resto del planeta.
En su Informe sobre el Ártico (ARC) 2025, la NOAA destaca dramáticas transformaciones como la “atlantificación” que lleva aguas más cálidas y saladas hacia el norte, la expansión de especies boreales hacia los ecosistemas árticos y la oxidación de los ríos a medida que el deshielo del permafrost moviliza hierro y otros metales hacia las aguas.
Apunta que, entre octubre de 2024 y septiembre de 2025, las temperaturas del aire en el Ártico fueron las más cálidas registradas desde el año 1900 y tanto el otoño de 2024 como el invierno de 2025 fueron especialmente cálidos en todo el Ártico, registrando además volúmenes de lluvia a niveles récord.
En marzo de 2025, el hielo marino invernal del Ártico alcanzó la menor extensión máxima registrada en los 47 años de datos satelitales; los glaciares del Ártico escandinavo y Svalbard experimentaron la mayor pérdida neta anual de hielo registrada hasta la fecha entre 2023 y 2024; y los de Alaska han perdido un promedio de 38 metros de hielo desde mediados del siglo XX.
De hecho, la pérdida de hielo en la Antártida y Groenlandia es cercana a 370 mil millones de toneladas al año.
El nivel del mar continúa en ascenso y se espera que para el año 2025 halla ascendido hasta 29 centímetros, impactando a más de 230 millones de personas que viven en zonas costeras vulnerables a este fenómeno, incluidos unos 6 millones de dominicanas y dominicanos que viven a menos de 10 kilómetros de la costa, según datos del Censo Nacional de 2022.
Esto sin contar que los niveles de concentración de dióxido de carbono en la atmósfera siguen alcanzando niveles históricos, agravando el calentamiento del planeta y, por tanto, ocasionando huracanes, tormentas, sequías, incendios forestales y otros eventos extremos que en 2025 causaron cerca de 224 mil millones de dólares en daños en todo el mundo, de los cuales, sólo unos 107 mil millones estaban cubiertos por empresas aseguradoras.
Para la República Dominicana, los riesgos siguen siendo múltiples, y aunque el país ha tomado acciones claras para hacerle frente a las amenazas de manera bastante adecuada, aun queda mucho por avanzar en la adaptación territorial y en la transición energética.
Porque sí, abandonar el uso de los combustibles fósiles de manera paulatina y sin impactar a sectores industriales que son fundamentales para la estabilidad económica del país tendría efectos en la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, pero mayor aún sería el beneficio en cuanto a independencia energética y costos económicos de la generación de electricidad, especialmente en el contexto mundial actual.
Además, hay que seguir fortaleciendo las capacidades de observación meteorológica para poder emitir alertas tempranas más oportunas y precisas, evitando pérdidas económicas tanto por impactos evitables como por la paralización económica innecesaria.
Esto sin contar la urgente necesidad de desarrollar los cuerpos de rescate para que puedan atender, en tiempo real, a quienes queden atrapados en medio de las repentinas inundaciones que son más frecuentes cada año.
Es imposible seguir postergando la inversión en drenajes pluviales, soterramiento de cableados urbanos, y la mejora urbanística del Gran Santo Domingo, para convertir nuestro pequeño pedacito del planeta en una urbe más verde, capaz de absorber y aprovechar mayores cantidades de agua de manera natural.
Porque, aunque este Día de la Tierra es una celebración planetaria, al final, a todos nos toca cuidarla y mejorarla desde el pedacito de suelo en que habitamos y que compartimos como sociedad.